Causas y consecuencias

Las cosas nunca salen como uno piensa ¿verdad? Pasamos gran parte de nuestra vida planeando, imaginando, y cuando decidimos pasar a la acción, dar el paso, siempre surge algún imprevisto que lo echa todo a perder. Un fracaso más, una oportunidad menos: y es entonces cuando te cabreas, tu cabeza se llena de remordimientos por lo que pudo ser y de furia por lo que no ha sido; y le echas la culpa a la suerte, esa falsa que nunca esta cuando lo necesitas; y al destino, maldito destino, sabes que no te tiene preparado nada bueno en el camino; y, en general, a todo lo que se te pase por la cabeza que creas que puede tener un mínimo de culpa.

Pero las horas pasan, las emociones se comienzan a enfriar y empiezas a pensar con más claridad. Te recuperas: si no ha sido esta vez será la próxima; seguro que la próxima vez tengo más suerte; el karma me lo recompensará. El ánimo te vuelve a subir y vuelves a reunir fuerzas para un próximo intento, una nueva oportunidad. Y mientras tanto la cabeza sigue pensando, imaginando, maquinando.

Y, de nuevo, llega el momento, te vuelves a lanzar, y, de nuevo, a estrellar ¿qué ha podido salir mal esta vez? La suerte, es la suerte, que te la ha jugado de nuevo; y el destino, esos dos van siempre de la mano, siempre en contra tuya ¿por qué? ¿qué habrás hecho? ¿es que no mereces algo más? Si no fuera por ellos dos, piensas -afirmas-, te repites, tendrías el mundo en tus manos. O quizás no.

Decía Nietszsche que “no hay error más peligroso que confundir la consecuencia con la causa”, y, sin embargo, ese error -según él también- es uno de los que más a menudo cometemos. Amén, la verdad es que no se puede estar más de acuerdo con Federico, dedicamos gran parte de nuestra vida a esconder la mierda bajo el sillón, a echar balones fuera, repitiéndonos que no es culpa nuestra, que si no fuera por tal o cuál las cosas nos irían mucho mejor, y, si no tenemos un cabeza de turco a quien achacar todo lo malo de nuestra vida siempre nos queda la dupla que forman la suerte y el destino, esos zorros traicioneros.

Llegados a este punto puedes a elegir: ¿pastilla roja o azul? La primera te enseña el mundo real, en el que vivimos, un mundo en el que tú eres dueño de ti mismo y lo que quieras llegar a ser depende completamente de tu esfuerzo, tu dedicación, tu sacrificio y tus capacidades; la segunda te mantendrá en tu burbuja confortable en la que no eres dueño de tu futuro ni autor de tus actos, todo lo que haces en la vida está preconfigurado, y nada de lo que piensas, digas o hagas será, en verdad, pensado, dicho, o hecho por ti. ¿Lo bueno? Nunca serás responsable de nada, todas las noches dormirás sabiendo que no podías hacer más, ni menos; ¿lo malo? Morirás sabiendo que no has merecido nada de lo que has logrado, que todo lo que has conseguido ha sido gracias a un algo que decidió dártelo a ti.

“Toma la píldora azul: el cuento termina, despiertas en tu cama y creerás lo que quieras creer. Toma la píldora roja: permaneces en el país de las maravillas y te mostraré qué tan profundo llega el agujero del conejo.” – Morpheus

Es el momento de ser responsables, si tomas la píldora roja no tendrás que salvar el mundo -o sí, cada uno tiene sus propias metas- pero deberás cargar todo el peso de tus fracasos sobre tus hombros. La suerte no es la causante de que nada te vaya bien en la vida; digamos que “la mala suerte” es la manera de llamar al conjunto de tus fracasos cuando no has dado lo mejor de ti.

Así que la próxima vez que salgas del letargo, que te decidas a alcanzar lo que llevas tanto tiempo deseando, recuerda: sólo lo lograrás si pones todo tu empeño en ello; sólo lo conseguirás si decides hacer todo lo que está en tu mano para alcanzar tu objetivo. Y, aunque es cierto que nada de esto evitará que fracases más de una vez, puedo garantizarte que lo que tú llamas “suerte” sólo depende de ti, y, si quieres, puedes cambiarla a tu antojo.

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