¿Cuántas horas tiene un día?

Responde ¿cuántas tiene? Piénsalo antes de seguir leyendo. ¿Ya lo has hecho? Vale, estás equivocado; decir que un día tiene veinticuatro horas es como tratar de definir qué es el amor sin haberlo vivido nunca. Y es que un día no tiene tres, ni quince, ni veinticuatro, ni mil horas, porque la verdad es que no tiene horas, un día se compone de momentos. ¿Y cómo medir esos momentos? Simplemente no se puede, porque los momentos son heterogéneos, únicos, no hay uno igual que otro; los momentos no pertenecen al mundo real, sino al de las emociones, y si tratas de medirlos con un reloj te encontrarás con una contradicción que difícilmente entenderás si no te desprendes de todo lo que sabes de la realidad.

Hay momentos que son instantes, sentimientos tan fugaces que te hacen dudar de si ciertamente han ocurrido o si en verdad -en mentira- no han sido más que el reflejo de una ilusión inexistente. Ese infinito abrazo a un amigo que se va, el interminable primer beso con el amor de tu niñez o las largas noches con amigos, que se prolongan hasta bien entrada la mañana entre risas y copas. Si midiéramos con un reloj el tiempo que duran, no sería raro que pudieramos contar segundos, minutos o, incluso, horas; y, sin embargo, transcurren como un suspiro por nuestro interior, dejándonos con el agridulce sabor de saber que ha ocurrido, pero de querer que no termine jamás. Si no fuera por estos momentos, la indiferencia que nos produciría la vida habría hecho desaparecer al ser humano haría muchos años.

reloj-antiguoPero, como si de distintas caras de una misma moneda se tratase, están esos otros momentos que, si los midiéramos en el mundo real, apenas representan una fracción de segundo, un aparte en la línea del tiempo que supone una vida; y que, sin embargo, para nosotros suponen lo más cerca de la inmortalidad que estaremos nunca, lo más parecido a sentir el tiempo en toda su plenitud -en toda su lentitud- transcurriendo por tu interior, destrozándote, saboreándolo como un manjar demasiado amargo como para disfrutarlo pero que no puedes dejar de tomar. Ese “no” que emana de los labios que siempre has deseado y que ahora sabes que jamás tendrás; esa primera vez que sientes la muerte de un ser querido de verdad; en definitiva, todos aquéllos momentos que desearías borrar de tu pasado pero que, en el fondo, sabes que son, si cabe, más preciados aún que los primeros.

Y luego están aquellos que se salen de toda clasificación, que no puedes encajar en ninguna de esas dos categorías porque no sabes si son instantes o eternidades. Esa calurosa tarde de verano en la piscina con tus amigos, con una cerveza en la mano, donde tú, con el semblante serio, miras en alrededor y sólo ves sonrisas que se contagian, se reflejan, en tu cara; y es entonces cuando alguien te dice una palabra y despiertas avergonzado por esa desconexión momentánea, que no sabes si ha sido de un segundo o de cuatro cañas, pero feliz por saber lo que tienes a tu lado. O esa fría tarde, tú a un lado, ella -él- al otro y en medio dos cafés calientes. Nadie sabe cuanto tiempo transcurió ¿diez minutos? ¿tres horas? tampoco importa. Sólo sabes que en días como esos es cuando comprendes como burlar el paso de los años, como convertir al tiempo en uno más de los miles de viandantes que durante ese rato cruzaron las ventanas, ajenos a lo que pasaba ahí dentro, con sólo unas sonrisas, miradas, y, sobre todo, una cuantas palabras.

En el fondo, decir que un día tiene veinticuatro horas no es una mentira, simplemente es admitir que no has vivido la vida, porque en la vida no se cuenta en años, días, horas, minutos o segundos, sino en momentos.

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