El Sueño de la Muerte produce Dioses

En algún momento de nuestra vida todos hemos soñado que moríamos para enseguida despertarnos sobresaltados, angustiados por la idea de que pueda ser verdad; todos lo vivimos, aunque no fuera más que un sueño, pero… ¿alguna vez has permanecido dormido?.

Notas que algo absorbe todo lo que instantes antes había a tu alrededor; de repente eres nada pero sigues estando ahí, es más, sientes que te conviertes en todo; sientes que tu cuerpo ha dejado de ser una barrera que te limita con el mundo para convertirte en parte de él, para ser uno.

Al momento vuelves a la vida (todavía dentro del sueño) casi de la misma manera que en las películas -y supongo que influenciado por ellas-, sintiendo como una mano te agarra y te trae de nuevo al mundo real, que no era en verdad más que un sueño, y al mismo tiempo te indica que has conocido un lugar al que no perteneces y al que no debes de tener razones para volver, porque significa el fin.

Horas después despiertas, y comienzas a pensar en todo lo que ha pasado en el sueño. Recuerdas como has muerto, y también cómo te sientes cuando vuelves a la vida, notando que en ningún momento te has aterrorizado ni has sufrido, más bien te has limitado a la indiferencia, como quien pisa el siguiente escalón de una escalera, igual que los anteriores, idéntico a los posteriores. Rememorado esto, de inmediato reflexionas sobre Dioses y Religiones, y comprendes un poco más cuál es la idea de ser que a lo largo de la historia le han pretendido atribuir a Dios, identificándolo como un algo que está en todos partes, que forma parte del mundo y es la esencia de todo lo que vemos y oímos, un Todo. Y, sin embargo, si no crees en Dios, el sueño no cambia esta (no) Fe en lo más mínimo; de hecho, te das cuenta de que tu mente, inconscientemente, con éste sueño sólo persigue un objetivo: decirte que morir no tiene nada especial, y que luego te espera la Eternidad; sólo eres capaz de pensar en que cuando mueras seguirás en este mundo. Y también que te estás engañando a ti mismo, que tienes que dejar de lado lo que siempre has querido creer para comenzar a pensar lo que en verdad debe ser.

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¿Quién no desea pensar que todo lo que hacemos en la vida, que todas las acciones que realizamos, que todos los males que recibimos, que todo el bien que damos, al final no tiene su recompensa? Nosotros, que nos encontramos iluminados por la Era de la Razón y la Tecnología. que cada día que pasa tenemos respuesta para más interrogantes, que sabemos que detrás de cada reacción hay una acción y de cada hecho un porqué, no podemos soportar ni por un momento la idea de que la única diferencia entre quien muere demasiado joven y quien muere demasiado viejo es la simple y pura casualidad (a falta de una palabra mejor para describir que no hay ninguna razón), pues, si lo admitiéramos, descubriríamos que, si hiciéramos balance de nuestra vida, el resultado siempre sería cero, y que, por tanto, no tenemos ninguna razón, ningún argumento como para siquiera plantearnos la posibilidad de que merezcamos que haya algo más allá de la vida, y menos aún de seguir viviendo después de ésta; como dijo Keynes “a largo plazo, todos muertos”.

Y si por cualquier razón me equivocara, si por lo que fuera hubiera un Dios ahí arriba, un Ser que fuera infinitamente justo, no me sentiría capaz de concebir alguna razón para que nos perdonara la soberbia de creer que vamos a vivir eternamente y no que hayamos dudado de él.

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