La Leyenda de Canarias

Olvidemos a la Historia, apartemos a la Ciencia,
ignoremos todo lo que sabemos y simplemente soñemos:
en una leyenda, un mito que transcienda fronteras
y explique cómo nacieron las Islas Afortunadas.

Los Dioses sabían que no tendrían una vida fácil,
había que prepararlas para lo que se avecinaba
y por ello decidieron que fueran fruto del fuego y la agua.
Expulsadas con rabia del vientre de la Tierra, su madre,
entre aullidos de volcanes, en medio del infierno
las dejó su suerte, recién nacidas, abandonadas.

Su padre, digno sucesor del titán Atlas,
decidió acogerlas y en su pecho protegerlas
de todos aquellos que quisieran dañarlas.
Sus dedos, las mareas, besaron las ardientes lágrimas,
y la sal del mar cicatrizó las heridas de su abandono,
dejando como recuerdo calderas, valles y montañas.

Un susurro, una canción de cuna, empezó a oírse
era el Alisio quien, enamorado de su belleza
con ternura esta nana les cantaba:

“Duerman mis islas preciosas,
que yo os he de proteger
de las estrellas envidiosas
que recelan de vuestro ser.

Por vosotras saldrá Luna
dispuesta a hacer vigilia
y meceros en su cuna
de marfíl y fantasía.

Y si sois afortunadas
¿yo entonces que seré?
Si con solo una mirada
de ustedes me enamoré”

Lo que no sabían es que a medida que ellas recibían cariño
el fuego de su interior, la sangre de sus venas, se iba apagando.
Hasta que una mañana, mortecinas, olvidaron despertar,
su frío era tal que hasta el mismo mar se estremeció al rozarlas,
y ni el viento fue capaz de robarles la más tímida de las sonrisas.
Alisio, preocupado, extendió un manto, de nubes tejido, sobre sus montañas
y, lloroso, suplicante, pidió al Sol que le ayudara a calentarlas.
Al principio el Rey se negó, celoso de él, de ellas, de que se amaran
-para un ser condenado a estar solo no es fácil soportar el amor de otros-
pero ¿cómo dejar que se pudriera la bella flora?
¿cómo permitir que muriera esta exclusiva fauna?
Los tizones en sus cuevas perecían congelados;
los pinos, otrora indestructibles, se asfixiaban
los pinzones, afónicos, de tristeza enmudecieron
y los tajinastes se doblaban patéticos, necrosados.
Así, mientras el Sol contemplaba todo el daño que estaba provocando
Alisio siguió soplando y soplando, tratando de reanimarlas,
Padre rugió como hacía años que no tronaba,
y todo para nada, pues las Islas seguían pereciendo.

Nadie entendía que era lo que pasaba;
ninguno sabía que el cáncer estaba actuando por dentro,
que sólo el fuego primigenio era capaz de despertarlas de su sueño.
Y No lo descubrieron hasta que un día el Sol brilló de nuevo
lamiendo con sus rayos Amarillos cada palmo de la playa;
e insuflando el calor de magma en sus rocas basálticas;
trayéndolas de nuevo a un mundo que todos creían que ya no era de ellas
y prometiendo que nunca en la vida las abandonaría de nuevo;
cuidándolas para siempre junto al Blanco Alisio y el Océano Celeste.
Desde entonces, y por siempre, las islas de la Eterna Primavera.

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