CRÓNICAS DE UN SUSPENSO ANUNCIADO

Las navidades de un estudiante universitario

Antes de comenzar, es necesario aclarar que las experiencias que aquí se relatan son las que vive el estudiante universitario típico, es decir, aquél que durante todo el cuatrimestre lo más cerca que ha estado de un libro ha sido la carta de chupitos del bar más cutre de la ciudad, y que, a punto de comenzar las Navidades, empieza a recordar algo así como que cursa una carrera universitaria y tiene los exámenes en Enero. -No me intentes engañar (de hecho, no te engañas ni a ti mismo) tú eres uno de ellos-.

Bueno, aclarado esto, comencemos por lo que yo llamo “Primer Contacto”. Como ya hemos visto, ha llegado mediados de diciembre -digamos que estamos a día 10, después del Puente de la Constitución, y comienzas exámenes el día 8 de Enero, para darle más chicha al asunto- y aún no eres capaz de describirle a nadie de qué van la mitad de tus asignaturas. Así que, dispuesto a remediarlo y como aún queda un mes, decides ir a la biblioteca para concentrarte más.

El primer día es casi idílico, te levantas a una hora decente y tras ponerte tus mejores galas decides ir a la biblioteca sin mucha prisa, sabiendo que los demás aún no se lo están tomando en serio y no tendrás problema alguno en conseguir asiento. Acertadamente, nada más entrar te pones en uno uno junto a tus amigos que, responsables como tú, también se han acercado a empezar la época de estudio.

Tras unas risas y un pequeño descanso preestudio -todos los sabemos lo cansado que es el simple hecho de ir a la biblioteca- decides ponerte con el calendario: una buena organización es la base de cualquier éxito, y como tú quieres ser un estudiante de éxito estás dispuesto a sentar los pilares de todo aquello que te ayude a lograrlo. Para ello, gastas alrededor de 6 horas, y cerca de 35 colores, en preparar los 28 días que restan hasta tu primer examen, fecha para la cual ya te debes de saber todas las asignaturas, haberlas repasado por lo menos por lo menos (bis) unas 3 veces cada una, y casi terminado la tesis doctoral de dos ellas. Como diría Homer Simpson: “en teoría [parece sencillo], pero en teoría funciona hasta el comunismo”. En definitiva, después de un primer día agotador, tras el cual aún no sabes en qué consisten tus asignaturas, al menos tienes una idea perfectamente clara y ordenada de cómo será tu vida en las próximas semanas…

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Y así transcurren tus primeros catorce días, siguiendo de manera clara y precisa las vías que colocaste al inicio para llegar sin complicaciones a la estación -qué poético eh-. Durante todo este tiempo sigues la famosa regla del 2 por 1: a cada minuto de trabajo le corresponden dos de descanso -los que estudian en casa creen que es una manera absurda de perder el tiempo, pero los de biblioteca sabemos que es una técnica autoprotectora de nuestro cuerpo que evita que nos sobrecarguemos durante estos primeras fases del estudio-. Además, aunque comienzan a llegar tus amigos de fuera -siempre de uno en uno, por joder-, tú eres una persona seria y nada ni nadie conseguirá apartarte de tu hoja de ruta.

¡Los cojones! Llega el dia veinticuatro y con él, el primer gran escollo de las vacaciones. En tu planning has puesto que vas a estudiar ese día por la tarde, pero, casualmente, sufres un ataque de fervor y te vuelves un religioso practicante que teme ir al infierno si se atreve a trabajar mínimamente el día que nació el Señor, por lo que decides honrarle dedicándote en cuerpo y alma a no hacer absolutamente nada. Y es en esta situación cuando cae la noche y, tras una cena familiar compuesta por diecisiete platos más sus correspondientes postres, te mandas unas copitas pa´ celebrar y decides salir con la gente para reencontrarte con todos aquellos que se han pasado el año fuera y que han vuelto a casa por Navidad, pero sólo un ratito, que el veinticinco hay que estudiar.

¡Los cojones! Y van dos. Tras catorce días sin haber tomado más que una cervecita ocasional, tu cuerpo se había olvidado del gustito que se siente cuando esa copichuela bien cargá recorre toda tu garganta en pleno invierno; como buen estudiante universitario sabes que la resaca es para débiles así decides beberte hasta el agua de los floreros y, ya que estamos, te esperas hasta las siete de la mañana para comprar unos churritos con chocolate que llevarles a tus padres para no sentirte culpable.

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Finalmente, llegas a tu casa a eso de las nueve -que todos sabemos lo difícil que es encontrar el camino de vuelta a casa el día de navidad- y te acuestas en la cama, medio con ropa medio sin ella, dispuesto a dormir hasta que sea Año Nuevo… Pero no, porque a las doce llegan todos tus primos pequeños (que no conocen aún lo dura que es la vida y lo jodido que es levantarse borracho al día siguiente) y te despiertan entre gritos y saltos en la cama. Si ayer estabas convencida de la existencia de Dios, hoy se te han despejado las dudas con respecto al Infierno.

¿Recuerdas ahora aquél calendario quirúrgicamente medido que habías preparado antes de comenzar a estudiar? Bueno, puedes tirarlo a la basura; pero no te sientas culpable, el alcohol y la fiesta no han tenido nada que ver: tu espíritu universitario es el culpable de ese impulso irracional que sientes por romper el orden establecido. Si los jóvenes no nos saltamos las reglas ¿Quién lo hará?

Sin embargo, no eres el único que la has jodido, a todos les ha pasado lo mismo y, por ello, tu vida se convierte en una carrera contrarreloj en la que compites por despertarte antes que los demás para conseguir sitio en la biblioteca -o convertirte en un animal nocturno que duerme hasta bien entrada la tarde y pasa las noches en vela entre apuntes y latas de bebida energética-. Tu aspecto poco a poco se va convirtiendo en el del vagabundo que está siempre con una cerveza en la mano -en tu caso, un café-, o en el de la loca de los gatos que ha vivido siempre en la casa de enfrente. Olvidas que es el maquillaje, olvidas qué es la comida sana, y sustituyes a tu madre por la dependienta del chino de enfrente que te vende el pack básico de supervivencia de cada día.

Y es en esta situación cuando llega Fin de Año. Ha pasado sólo una semana desde la última fiesta, pero para ti los días han transcurrido más despacio que el año en que ibas a cumplir los dieciocho. El treinta y uno se deja querer, sabe que estás estudiando y que te mueres por cogerte la del pulpo esa misma noche. En el fondo de tu cabeza una voz no para de recordarte lo que te pasó el día veinticuatro, pero de eso ha pasado ya mucho tiempo y los jóvenes maduramos deprisa, sabes que no va a ocurrir.

Aún así la maldita voz no se calla, no puedes perder ni un día más de estudio y la cabrona no para repetírtelo. Y es en estas que llega el Año Nuevo y para celebrarlo te mandas tres copas del Cava de oferta que tus padres compraron en el Supermercado. A la voz ya le cuesta un poco más vocalizar, pero aún sigue molestando; por ello, en la Fiesta de Año Nuevo, que siempre es barra libre, decides competir con ella por ver quien se cae antes al suelo -posiblemente tú, y varias veces, pues el suelo de la pista de baile parece una piscina para alcohólicos-.

Y en estas condiciones termina la noche y decides volver a casa. De repente sufres un deja vu, esto ya lo has vivido tú, se parece mucho al día veinticinco por la mañana. Pero eres una persona orgullosa y no piensas darle la razón a tu conciencia, así que en un alarde de responsabilidad miras a tus amigos y, tras coger aire y adoptar una actitud serena sueltas: “Bueeeeeenoooooooo, yoooo me voy ya pa´ caaaaaasa que teeeengooo que estudiarrrr”. Y con toda la dignidad del mundo, pones el despertador y te vas a sobar.

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