Días de lluvia

Los días de lluvia son días de peli y manta; días de música triste y melancolía a granel; días de grosería y resignación; quizás, incluso, días de llanto y resignación. Pero al final son días felices joder, días que, a pesar de toda la pena que dejan tras de sí, terminan con un regusto de alegría en el paladar. Y es que los sentimientos son como el ruido de la ventilación o la bombilla de neón: molestias invisibles, constantes e imperceptibles hasta que se acaban, cuando descubres toda la mierda que estabas aguantando, todo el peso soportado que te obligaba a ir encorvado y del que no eres consciente hasta que comienzas a caminar recto de nuevo, desprendiendo el orgullo perdido hace milenios.

Al fin y al cabo los días de lluvia son los días perfectos para sacar la basura que todos llevamos dentro -ojo, no confundir con los días de mierda, que esos se reparten todo el año y nadie da un duro por ellos- ¿Sabes a cuánto se paga un día de lluvia en el mercado negro? Una millonada, lo digo sin saber pero estoy seguro de ello, porque un tiempo como este te hace sentirte persona de nuevo, te permite liberar peso y seguir navegando sin miedo a naufragar.

Lluvia%20en%20la%20ventana

Al principio, es verdad, los días de lluvia pueden ser días de mierda. Te da por poner música seria, de la buena, de la que te sume en un estado de catarsis que te obliga a poner en orden tus sentimientos. Te das cuenta que tu vida no es tan feliz como creías, que quizás has dejado unos cuantos cabos sueltos, que la culpa te atormenta de vez en cuando por dentro. Pero al final el cuerpo sabe, y poco a poco deja te hace dejar atrás todo eso “es pasado. De nada sirve lamentarse” te susurra mientras te ofrece la visión de un mundo nuevo.

Y, de repente, estás en un sueño. Quizás te has dejado vencer por la siesta -de esas que desparramaban la baba pero saben a gloria-, o tal vez tu cabeza ha volado a un lugar muy lejano, pero lo importante es que estás en un sueño, uno que te traslada muy lejos, y que muy probablemente no tendrás de nuevo hasta dentro de mucho tiempo -y cuida bien que nadie te lo quite-, porque todos desean huir de su vida de mierda, pero pocos lo consiguen sin moverse del sillón.

Al final los días de lluvia son los buenos, porque nos permiten tener tiempo para nosotros mismos, para ver una película pendiente desde hace meses, para leer el libro desahuciado en la mesa de noche, para, en definitiva, soñar en lo que queremos. Y, para eso, cualquier excusa es buena, cierto, pero los días de lluvia, esos, son perfectos.

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