Una sospecha

“Sin duda, nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir. Pero hay ciudades y países donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha de que existe otra cosa. En general, esto no hace cambiar sus vidas, pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia.”

La Peste – Albert Camus

Quizás soy yo que tengo una mente demasiado ociosa, una cabeza que se dedica a darle vueltas a tonterías que, en realidad, no tienen ninguna importancia. A veces me siento como el estúpido que trata de ver en la obra del artista más de lo que en realidad hay, más de lo que pretende transmitir el autor. Y, sin embargo, desde que leí La Peste, este fragmento ha asaltado mi cabeza de modo indecente una y otra vez, obligándome a tratar de descifrar cuál es el sentimiento al que se refería Albert Camus, a sospechar con la posibilidad de que sea lo mismo que yo, y seguramente muchos de nosotros, he sentido en numerosas ocasiones.

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Albert Camus (1913-1960)

Y es que para alguien que no cree en que exista nada más allá de la vida, en que lo que tenemos es lo que hay y es necesario aprovechar al máximo -no al estilo de Jack Kerouac pero casi- cada minuto de nuestro tiempo para vivir de verdad y no dejar el tiempo pasar, creo que el fragmento que encabeza esta entrada es bastante revelador.

Los años pasan, joder, pasan demasiado rápido; la sociedad y las circunstancias te obligan, quieras o no, a que te vayas acotando, a que vayas soportando cada vez más obligaciones. Y es en ese contexto, cuando sabes que ese día llegará pero aún eres “libre”, donde comienzas a sentir la presión en tu espalda, la espada de Damocles colgando constantemente sobre ti, obligándote a meditar cada decisión para no tomar una que signifique una pérdida de tiempo.

Es tanta la presión a la que acabamos sometiéndonos que, como el condenado a muerte, tratamos primero de evadirnos perdiendo, paradójicamente, el poco tiempo que nos queda en tonterías, en insignificancias que, sin embargo, nos ayudan a olvidar la sentencia que se acerca; y,  finalmente, aceptada la inevitabilidad de la ejecución, nos sentamos y dejamos al tiempo huir, que caiga la espada sobre nos.

Y es aquí, cuando hemos renunciado a vivir de verdad, cuando hemos olvidado que existe algo más que la rutina que va de la cárcel a la tumba, cuando solo sabemos elegir entre el café, el juego y la charla, es en este punto cuando surge la sospecha, cuando empiezas a notar muy levemente el sabor a nada en la garganta, cuando comienza a intuir cómo reverbera un eco en tu cabeza, primero muy levemente, y luego cada vez más fuerte, tratándose de abrir paso entre la enorme evasión que hemos ido acumulando.

Llegados a este punto, por lo general, hemos enterrado tan profundamente el ansia por vivir y nos queda tan poco por disfrutar que ese eco acaba desvaneciéndose como el recuerdo de un mal sueño. Pero, a veces, y solo a veces, consigue abrirse paso y encender una llama que creímos apagada, esa es nuestra ganancia.

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