Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso

Me dijeron una vez que la manera en que la que a uno le gusta tomar el café es como los culos, cada uno tiene el suyo; sin embargo, diría que esto es falso o, mejor dicho, no es del todo fiel a la realidad. Más bien debería decirse que el café es como los equipos de fútbol, cada uno tiene el suyo y además odia el de los demás.

«Se cambia más fácilmente de religión que de café»

Georges Courteline

A mí, que por influencia de mi padre y de mi abuelo me gusta tomarlo solo –C.A.F.E: Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso-, me pasa a menudo que cada vez que lo tomo en compañía de alguien que aún no se ha acostumbrado, al ver que rehúso el azúcar me mira y me dice «¿Cómo te puede gustar el café solo? Tienes un problema mental. Es asqueroso». Yo, en mi interior, creo que el problema mental, en realidad, lo tiene el resto del mundo. Ahora bien, como sé que es una discusión que no voy a ganar, y que la culpa no es de ustedes, sino de la enfermedad mental que les impide darse cuenta del sacrilegio que están cometiendo, opino que sería mejor que olvidásemos el asunto y vayamos a lo importante: el café.

Tomar café es, de verdad, un placer a cualquier hora, en cualquier momento, y no solo por el café en sí, no, el verdadero placer del café es que es una excusa. Y además una excusa fantástica. Díganme una frase que, siendo tan manida –tan insulsa- como el «¿Por qué no tomamos un café?», pueda ser origen de tantos buenos momentos. Ni lo intenten, porque no hay ninguna. Bueno, mentira, sí que hay una: «¿Te apetece una caña?»

Y es que la cerveza y el café, dejando a un lado diferencias casi imperceptibles como el color o los efectos de beberse seis vasos de cada, son bebidas más parecidas de lo que imaginamos: las dos sirven, por ejemplo, tanto para encontrar solución a todos los males cb1d0054298d6c06d2c18641004c68ec-ConvertImage.jpgdel mundo, como para descubrir que el sentido de la vida es cuarenta y dos; ambas se pueden, además, disfrutar en contextos y compañías de lo más variopintas, lo mismo las tomas en una boda o un evento familiar, que como plan para resolver una tarde de hastío con un amigo. El café y la cerveza, aquí donde las ven, han hecho más por la igualdad del mundo que las Naciones Unidas en los últimos 70 años: sentados en torno a la mesa con la bebida en la mano todos somos iguales –menos la gente que bebe “cerveza sin”, que cada vez que pienso en ellos se me forma un nudo en el estómago que casi prefiero no hablar de ellos-.

En el fondo lo importante no es la bebida. Al fin y al cabo todo el mundo se toma ese café en menos de cinco minutos. Pero nadie está dispuesto a apostar cuántas cosas pueden nacer de ese «¿de verdad que lo tomas solo?». Y no hablo solo de conversaciones, no. Con las palabras que se cruzan sentados en una mesa en compañía de las tazas vacías desde hace horas –y quien sabe si alguna cerveza ocasional- se crean las auténticas amistades, surge el amor verdadero entre dos desconocidos y, a menudo, son el inicio de planes que luego recordaremos el resto de nuestra vida. No, el sentido de la vida no es cuarenta y dos, es el café y la cerveza.

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