Me gusta cuando callas…

Me gusta encontrarte por el mundo, irrumpiendo siempre en mi vista como un elefante en una cacharrería, que provoques un estruendo en mi interior cada vez que remueves la pila de sentimientos que, por ti, he ido amontanando en una esquina olvidada de mi corazón durante siglos.

Me gusta que hagas prorrumpir las emociones que con tanto ahínco trato de ocultar. Que puedas leer en mis ojos el incendio que me arrasa por dentro y que el viento de tus palabras no hace más que avivar. Me encanta que me mires fijamente, que me mires y lo veas en mi mirada, y que sonrías levemente, fugaz, orgullosa de tu obra de aniquilación, y que tras ese instante solo perceptible para mí te toques el pelo como te lo tocas, hilando cada mechón en una espiral infinita de seducción, y luego mires a otro lado y te hagas la loca y reniegues del crimen del que tanto presumes. Y yo no me atrevo a pedirte cuentas porque disfruto con lo que me haces, con ese maldito, extenuante, sufrido y maravilloso dolor.

Y luego te vas, esparces sal en los restos de una tierra yerma (ahora infecunda para siempre) y te vas, y que te jodan joder, que te jodan tanto porque en realidad te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio y a pesar de que sabes que te odio sabes que te quiero y te adoro, y que me causas adicción y que te odio, joder. Que te jodan porque te vas y aquí me quedo yo, solo y reducido a la nada más insignificante, más vacía, más patética, con un punto despreciable. Y soy yo quien se tiene que buscar la vida para recomponerse, y opto por el suicido literario, me ahogo en mil páginas de literatura con la esperanza de atragantarme con la respuesta, como si alguno de estos escritores que tanto escriben sobre el amor pudieran tener la solución. Como si tuvieran puta idea de cómo es el amor.

No digo que no conozcan el amor, claro que no (de hecho dudo que el que lo conozca sea yo), solo que me parece estúpido que les hayamos entregado a ellos el monopolio del amor, como si no fuera un sentimiento inefable que ni la más bella descripción jamás materializada ha conseguido concretar apenas de manera tangencial.

Y al final quedo yo, destruído por ti, desmontado, atomizado, hasta el punto de que ni la literatura me gusta ya. Y tú sigues ahí, acostada a mi lado, callada, como ausente, feliz por tenerme sin entender una mierda lo que me pasa. Y yo feliz porque no sepas lo que me pasa. Y al final todos felices. La paradoja del amor, felices en la desgracia.

 

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