Oración a la polifacética expresión de un mismo Dios

A ti nos encomendamos,
único Dios verdadero
de esta nuestra impía humanidad.
Tú que eres inmortal
y habitas en nuestro corazón.
Tú que eres primitivo,
gutural como el ritmo del tambor,
salvaje, violento, frenético y natural.
Tú que eres refinado, delicado,
como de mariposa las alas,
de infinita sensibilidad
y, quizás, un tanto artificial.
Y otras eres extraño, misceláneo,
una mezcla de lo bello y lo perverso
que forma un concepto nuevo,
indescriptible, inenarrable.
Aunque siempre con el mismo final.

Un final que se firma
en la llama de una colilla;
en el abrazo de dos cuerpos puros
abstraídos de su patética sociedad;
en un silencio límpido, divino y pulcro.
O un final que no es tal,
que es solo el interludio
antes de volverte a invocar.

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