El Borracho

El Borracho reposa en el regazo de una farola. No hay estrellas en el firmamento, pues estas huyeron hace mucho ya de una ciudad cuyos habitantes tiempo ha que dejaron de enfocar sus vistas hacia el cielo en busca de respuestas. No, ahora el ser humano vive mirando al suelo, viven por y para sus Dioses del nuevo milenio. Pero el Borracho no tiene un smartphone de esos. El Borracho sigue enfocando sus ojos al cielo, y enturbia los ojos en su lecho por no encontrar ya a los luceros, a sus compañeros de tantas noches de vómitos y botellas, por seguir sin tener solución a todos los males que le atormentan. Sin ellas no volverá a encontrar aquella vida que perdió hace ya tantos años, quizás en el baño de un bar que ya no recuerda; tal vez entre vómitos en esta misma acera.

El Borracho ya solo encuentra la respuesta en ese veneno que es tan útil contra las penas. Y bebe y bebe para acabar con ellas, olvidando que hubo un tiempo en que también podía beber para celebrar -hace mucho que no tiene nada celebrar-. Y es que la vida para él no es más que otra pena con la que cargar, con la que hay que acabar, y si no la ha matado ya -poco le falta- es porque cree que no se merece el privilegio de una muerte rápida. No, el pecado, le dijeron de pequeño, se expía a través de la penitencia, del sufrimiento agónico, constante, lento. Aunque el Borracho sabe que nada hay que perdonar, que no hay vida eterna a la que salvar.

Quizás es por eso que tampoco se ha querido matar ¿para qué? Cuando uno sabe que la muerte es el final, que no hay nada más allá, trata de aferrarse a la vida, aunque no sepa dónde está, aunque no tenga sentido ni finalidad. Y si por ella tiene que llorar, llorará. Y si tiene que suplicar, suplicará, implorará hasta al Dios en el que ya no cree porque lo abandonó la primera vez que se entregó a ese impío placer que llaman Alcohol.

El Borracho es, quizás, el único que sigue cuerdo en esta esperpéntica sociedad. Y por eso mismo bebe hasta vomitar, porque se siente incapaz de encajar. Y es que el Borracho es también un cobarde, que no se atreve a hacerle frente a los problemas con los que los demás tienen que lidiar, y es por eso que cada noche el Borracho se acuesta en el lecho de una farola de una calle concurrida la ciudad, y sueña que, al fin, un grupo de niñatos alcoholizados querrán pasarlo bien con él y lo apalearán, le romperán los huesos y le estallarán las entrañas y tomarán por él la decisión que no se ha atrevido a tomar. Y el Borracho morirá por todos nosotros, y resucitará en forma de botella salvadora hasta que otro esté dispuesto a tomar su lugar.

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