Era muy de mañana

Era muy de mañana cuando el Sol,
con sus primeros besos,
acarició nuestra ventana,
y en un arranque de descaro
decidió que tu piel sería su almohada.
Nada pude yo alegar ante el lindo escándalo
que a mis ojos se mostraba.
Tu piel al principio se puso en guardia ,
e interpuso una jungla de lanzas.
Pero es por todos sabido que la belleza,
cuando lo desea, a cualquier ejército desarma,
y pronto te rendiste ante lo sugerente
de la propuesta que se te presentaba.

Luces y sombras se arrancaron en un tango
sobre tu rostro, tus piernas y tus pechos;
yo solo podía dar las gracias por que no existiera
expresión, término, palabra o verso
que acotara el significado del espectáculo divino
que en ese sublime instante era nuestro lecho.
¡Hasta mis lágrimas se asomaron para contemplar
lo que pronto se convertiría en un mero recuerdo!
Y es que, amor mío, no hay belleza en el mundo
que sea capaz de derrotar al paso del tiempo.
No hay sueño, por placentero que sea, que mil años dure
ni eclipse, amanecer u ocaso que sobreviva al momento.

Y cuando el Sol se ocultó entre las nubes de nuevo,
yo solo quería que las sombras me engulleran
¡Una vida entera sin volver a gozar de tan deliciosa escena!
Fue entonces cuando despertaste y tu presencia
me mostró lo insustancial del suceso
-me hizo sentir de mis pensamientos vergüenza-.
Un leve amago de de tu sonrisa bastó
para que abjurara de mis ideas
y que tus ojos me mostraran la fe verdadera:
que, para mí, tu belleza sí que sería eterna.

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