Dime cómo se llama…

Paseando por la Gran Vía
una madrileña me miró a la cara,
y con sus tizones ojos de niña
me preguntó por qué lloraba.

–las lágrimas que me brotan del alma
nacen porque muy lejos me espera
la mujer que a mí me ama.
Sus besos, ardientes como la arena,
me vienen en sueños cada mañana,
y sus manos, suaves como la seda,
esconden el ardor más puro de la lava.

»Lloro porque mi corazón la echa en falta
y no hay en Madrid chiquilla alguna
que me ayude a, por un instante, olvidarla.
No hay labios ni caricia ni ternura
que no me recuerde a mi amada.

Escuchados mis lamentos, la madrileña
tampoco pudo contener su llanto.
Su alma se embriagó de mi pena
y de su corazón nació un sincero abrazo.

–¡Dime, por favor, el nombre de la muchacha!
dime cómo se llama esa chiquilla
cuya ausencia es como un puñal de plata,
que de cicatriz deja en el alma la agonía
del que ama lo etéreo de un fantasma,
del que sufre el castigo de una infinita distancia.

–Su nombre es sinónimo de primavera
con sabor a un septiembre en calma,
y una frescura y alegría tan eternas
que muchos la consideran la afortunada
de entre todas las mujeres de la Tierra,
e, incluso, entre sus propias hermanas.

»Y aunque yo la llamo de mil y una maneras,
a cada cual más dulce y rebuscada,
hay uno que en el corazón resuena
con solo decirlo en voz baja.
Escucha bien y recuerda por siempre, madrileña,
que es «Tenerife» el nombre de mi amada.

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