Era muy de mañana

Era muy de mañana cuando el Sol,
con sus primeros besos,
acarició nuestra ventana,
y en un arranque de descaro
decidió que tu piel sería su almohada.
Nada pude yo alegar ante el lindo escándalo
que a mis ojos se mostraba.
Tu piel al principio se puso en guardia ,
e interpuso una jungla de lanzas.
Pero es por todos sabido que la belleza,
cuando lo desea, a cualquier ejército desarma,
y pronto te rendiste ante lo sugerente
de la propuesta que se te presentaba. Sigue leyendo

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Hic et Nunc!

La paciencia será la madre de la ciencia, pero a la vida le sienta fatal. Nos pasamos el día escuchando que lo importante en esta vida es ser paciente, saber esperar a que los árboles den sus frutos y los actos sus consecuencias. Que, con el tiempo, las heridas -tanto de las que sangran como las que no- siempre terminan por sanar. Que no puedes quererlo todo al momento, porque es imposible y solo conseguirás frustrarte. Que cómo se te ocurre contestarle tan rápido a esa persona con la que estás hablando, creerás que estás desesperado. Pero si ni quisiera sé si me gusta, solo sé que me apetece hablar con ella. Y qué, si te comportas así perderás todo el interés. ¿Y entonces qué tengo que hacer? Pues espera un rato antes de contestar, habla con otra gente, que vea que estás en línea pero que tampoco tienes prisa por escribirle. ¿Y si le digo de quedar? Pues estás loco, porque tan rápido eso sí que suena fatal. Y así es cómo se supone que funciona todo a día de hoy. Sigue leyendo

Si las miradas hablaran

¡Ah! Si tus miradas hablaran
y me dijeran lo que tus labios callan.
Eso que te explota por dentro,
que se eleva y que te mata,
y que tratas de ocultar
entre el poso de tus entrañas.
Pero a mí tú no me engañas
porque lo que tu lengua no habla
me lo dicen tus pupilas dilatadas.
Sí, ellas me gritan, me susurran,
lloran y suplican.

Y a pesar de tanto ruego
tus labios no dicen nada.

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Me gusta cuando callas…

Me gusta encontrarte por el mundo, irrumpiendo siempre en mi vista como un elefante en una cacharrería, que provoques un estruendo en mi interior cada vez que remueves la pila de sentimientos que, por ti, he ido amontanando en una esquina olvidada de mi corazón durante siglos.

Me gusta que hagas prorrumpir las emociones que con tanto ahínco trato de ocultar. Que puedas leer en mis ojos el incendio que me arrasa por dentro y que el viento de tus palabras no hace más que avivar. Me encanta que me mires fijamente, que me mires y lo veas en mi mirada, y que sonrías levemente, fugaz, orgullosa de tu obra de aniquilación, y que tras ese instante solo perceptible para mí te toques el pelo como te lo tocas, hilando cada mechón en una espiral infinita de seducción, y luego mires a otro lado y te hagas la loca y reniegues del crimen del que tanto presumes. Y yo no me atrevo a pedirte cuentas porque disfruto con lo que me haces, con ese maldito, extenuante, sufrido y maravilloso dolor.

Y luego te vas, esparces sal en los restos de una tierra yerma (ahora infecunda para siempre) y te vas, y que te jodan joder, que te jodan tanto porque en realidad te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio y a pesar de que sabes que te odio sabes que te quiero y te adoro, y que me causas adicción y que te odio, joder. Que te jodan porque te vas y aquí me quedo yo, solo y reducido a la nada más insignificante, más vacía, más patética, con un punto despreciable. Y soy yo quien se tiene que buscar la vida para recomponerse, y opto por el suicido literario, me ahogo en mil páginas de literatura con la esperanza de atragantarme con la respuesta, como si alguno de estos escritores que tanto escriben sobre el amor pudieran tener la solución. Como si tuvieran puta idea de cómo es el amor.

No digo que no conozcan el amor, claro que no (de hecho dudo que el que lo conozca sea yo), solo que me parece estúpido que les hayamos entregado a ellos el monopolio del amor, como si no fuera un sentimiento inefable que ni la más bella descripción jamás materializada ha conseguido concretar apenas de manera tangencial.

Y al final quedo yo, destruído por ti, desmontado, atomizado, hasta el punto de que ni la literatura me gusta ya. Y tú sigues ahí, acostada a mi lado, callada, como ausente, feliz por tenerme sin entender una mierda lo que me pasa. Y yo feliz porque no sepas lo que me pasa. Y al final todos felices. La paradoja del amor, felices en la desgracia.

 

Rumiar Ideas

Rumiar ideas:

Dícese del acto por el que cual el pobre desgraciado que no puede parar de pensar insiste en darle vueltas una y otra vez a un pensamiento que no es capaz de abandonar, pero que tampoco consigue escupir con palabras, de manera coherente.

De ahí lo de rumiar, porque la concreción lograda no deja de ser una pasta machacada una y mil veces, por la dentadura neuronal, compacta e indistinguible en sus partes. Una masa gramatical que se repite una y otra y otra y otra y otra vez en el pensamiento. Y ¡por Dios! que salga de una jodida vez de mi cabeza. Quiero tragar, está bien ya de tanto rumiar. Tragar o vomitar. Poder deglutirlo todo, la bilis y las ideas, y mostrarlo al mundo.

Y que alguien le busque significado al pensamiento.

Si lo tiene.

Y que alguien me dé las respuestas de una vez a las dudas que se me atragantan.

Si las hay.