Hic et Nunc!

La paciencia será la madre de la ciencia, pero a la vida le sienta fatal. Nos pasamos el día escuchando que lo importante en esta vida es ser paciente, saber esperar a que los árboles den sus frutos y los actos sus consecuencias. Que, con el tiempo, las heridas -tanto de las que sangran como las que no- siempre terminan por sanar. Que no puedes quererlo todo al momento, porque es imposible y solo conseguirás frustrarte. Que cómo se te ocurre contestarle tan rápido a esa persona con la que estás hablando, creerás que estás desesperado. Pero si ni quisiera sé si me gusta, solo sé que me apetece hablar con ella. Y qué, si te comportas así perderás todo el interés. ¿Y entonces qué tengo que hacer? Pues espera un rato antes de contestar, habla con otra gente, que vea que estás en línea pero que tampoco tienes prisa por escribirle. ¿Y si le digo de quedar? Pues estás loco, porque tan rápido eso sí que suena fatal. Y así es cómo se supone que funciona todo a día de hoy. Sigue leyendo

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Rumiar Ideas

Rumiar ideas:

Dícese del acto por el que cual el pobre desgraciado que no puede parar de pensar insiste en darle vueltas una y otra vez a un pensamiento que no es capaz de abandonar, pero que tampoco consigue escupir con palabras, de manera coherente.

De ahí lo de rumiar, porque la concreción lograda no deja de ser una pasta machacada una y mil veces, por la dentadura neuronal, compacta e indistinguible en sus partes. Una masa gramatical que se repite una y otra y otra y otra y otra vez en el pensamiento. Y ¡por Dios! que salga de una jodida vez de mi cabeza. Quiero tragar, está bien ya de tanto rumiar. Tragar o vomitar. Poder deglutirlo todo, la bilis y las ideas, y mostrarlo al mundo.

Y que alguien le busque significado al pensamiento.

Si lo tiene.

Y que alguien me dé las respuestas de una vez a las dudas que se me atragantan.

Si las hay.

Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso

Me dijeron una vez que la manera en que la que a uno le gusta tomar el café es como los culos, cada uno tiene el suyo; sin embargo, diría que esto es falso o, mejor dicho, no es del todo fiel a la realidad. Más bien debería decirse que el café es como los equipos de fútbol, cada uno tiene el suyo y además odia el de los demás.

«Se cambia más fácilmente de religión que de café»

Georges Courteline

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Una sospecha

“Sin duda, nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir. Pero hay ciudades y países donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha de que existe otra cosa. En general, esto no hace cambiar sus vidas, pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia.”

La Peste – Albert Camus

Quizás soy yo que tengo una mente demasiado ociosa, una cabeza que se dedica a darle vueltas a tonterías que, en realidad, no tienen ninguna importancia. A veces me siento como el estúpido que trata de ver en la obra del artista más de lo que en realidad hay, más de lo que pretende transmitir el autor. Y, sin embargo, desde que leí La Peste, este fragmento ha asaltado mi cabeza de modo indecente una y otra vez, obligándome a tratar de descifrar cuál es el sentimiento al que se refería Albert Camus, a sospechar con la posibilidad de que sea lo mismo que yo, y seguramente muchos de nosotros, he sentido en numerosas ocasiones. Sigue leyendo

Días de lluvia

Los días de lluvia son días de peli y manta; días de música triste y melancolía a granel; días de grosería y resignación; quizás, incluso, días de llanto y resignación. Pero al final son días felices joder, días que, a pesar de toda la pena que dejan tras de sí, terminan con un regusto de alegría en el paladar. Y es que los sentimientos son como el ruido de la ventilación o la bombilla de neón: molestias invisibles, constantes e imperceptibles hasta que se acaban, cuando descubres toda la mierda que estabas aguantando, todo el peso soportado que te obligaba a ir encorvado y del que no eres consciente hasta que comienzas a caminar recto de nuevo, desprendiendo el orgullo perdido hace milenios.

Al fin y al cabo los días de lluvia son los días perfectos para sacar la basura que todos llevamos dentro -ojo, no confundir con los días de mierda, que esos se reparten todo el año y nadie da un duro por ellos- ¿Sabes a cuánto se paga un día de lluvia en el mercado negro? Una millonada, lo digo sin saber pero estoy seguro de ello, porque un tiempo como este te hace sentirte persona de nuevo, te permite liberar peso y seguir navegando sin miedo a naufragar.

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Al principio, es verdad, los días de lluvia pueden ser días de mierda. Te da por poner música seria, de la buena, de la que te sume en un estado de catarsis que te obliga a poner en orden tus sentimientos. Te das cuenta que tu vida no es tan feliz como creías, que quizás has dejado unos cuantos cabos sueltos, que la culpa te atormenta de vez en cuando por dentro. Pero al final el cuerpo sabe, y poco a poco deja te hace dejar atrás todo eso “es pasado. De nada sirve lamentarse” te susurra mientras te ofrece la visión de un mundo nuevo.

Y, de repente, estás en un sueño. Quizás te has dejado vencer por la siesta -de esas que desparramaban la baba pero saben a gloria-, o tal vez tu cabeza ha volado a un lugar muy lejano, pero lo importante es que estás en un sueño, uno que te traslada muy lejos, y que muy probablemente no tendrás de nuevo hasta dentro de mucho tiempo -y cuida bien que nadie te lo quite-, porque todos desean huir de su vida de mierda, pero pocos lo consiguen sin moverse del sillón.

Al final los días de lluvia son los buenos, porque nos permiten tener tiempo para nosotros mismos, para ver una película pendiente desde hace meses, para leer el libro desahuciado en la mesa de noche, para, en definitiva, soñar en lo que queremos. Y, para eso, cualquier excusa es buena, cierto, pero los días de lluvia, esos, son perfectos.

Comenzar de nuevo

Y el año acaba y comenzamos a emocionarnos por la oportunidad de empezar otra vez de nuevo. Tenemos tanta hambre de dejar todo atrás que, en cuanto vemos un comienzo, nos lanzamos sobre él como animales, lo devoramos insaciable y terminamos por lamer los restos entre el llanto de una oportunidad más desperdiciada. Y es que estamos comenzando de nuevo por encima de nuestras posibilidades. Sigue leyendo

¡Irme, Dios mío, irme!

Quien no quiera huir es que no merece vivir. Sin más. Que huir es de cobardes fue algo que se inventó algún cobarde sin el valor suficiente para huir. Es así. Porque huir no es fácil. Huir es dejar atrás todo lo que tienes, todo lo que eres. Empezar de cero y comenzar a reconstruir toda la tu vida de nuevo. “Salir de la zona de confort”. Y para eso hay que echarle muchos huevos, hazme caso -aunque supongo que tú ya te haces una idea-.

¿Pero quién no se siente tentado a hacerlo? A parte de un cobarde, claro. ¿Quién no quiere tener la oportunidad de olvidar lo que ha sido y nacer otra vez de nuevo?

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