Ahora te toca a ti sufrir

Nos despedimos con un beso
y te dije «yo te llamo»
y ahora mientras escribo
me deleito con tu imagen
todo el día pendiente del móvil
creyendo en las madrugadas
-doloroso engaño del deseo-
que la pantalla se iluminaba
y en grande escrito mi nombre. 

Y con los días del deseo a la rabia
y de pronto el deseo del olvido
quizá a veces un recuerdo por la calle
leve flash y una mueca de desdeño
antes de seguir caminando altiva
como si nunca hubieras sentido nada.  Sigue leyendo

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Réquiem por un Amor que nunca fue

Vi cómo te ibas por la puerta sin haber entrado nunca
te grité en mi cabeza e hiciste oídos sordos a mis ruegos
y quedé indefenso y solo en la cama que jamás visitaste
y recordé los besos que no me diste aquel febrero
y los abrazos felices por habernos encontrado.

Reviví la primera vez que no nos acostamos
el contacto y los escalofríos que nunca sentimos
cuando en medio de la nada no nos acariciamos
las broncas que no tuvimos por estupideces
el amor apasionado que cada noche no nos juramos
y las locuras que no cometimos por querernos demasiado. Sigue leyendo

Si las miradas hablaran

¡Ah! Si tus miradas hablaran
y me dijeran lo que tus labios callan.
Eso que te explota por dentro,
que se eleva y que te mata,
y que tratas de ocultar
entre el poso de tus entrañas.
Pero a mí tú no me engañas
porque lo que tu lengua no habla
me lo dicen tus pupilas dilatadas.
Sí, ellas me gritan, me susurran,
lloran y suplican.

Y a pesar de tanto ruego
tus labios no dicen nada.

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Me gusta cuando callas…

Me gusta encontrarte por el mundo, irrumpiendo siempre en mi vista como un elefante en una cacharrería, que provoques un estruendo en mi interior cada vez que remueves la pila de sentimientos que, por ti, he ido amontanando en una esquina olvidada de mi corazón durante siglos.

Me gusta que hagas prorrumpir las emociones que con tanto ahínco trato de ocultar. Que puedas leer en mis ojos el incendio que me arrasa por dentro y que el viento de tus palabras no hace más que avivar. Me encanta que me mires fijamente, que me mires y lo veas en mi mirada, y que sonrías levemente, fugaz, orgullosa de tu obra de aniquilación, y que tras ese instante solo perceptible para mí te toques el pelo como te lo tocas, hilando cada mechón en una espiral infinita de seducción, y luego mires a otro lado y te hagas la loca y reniegues del crimen del que tanto presumes. Y yo no me atrevo a pedirte cuentas porque disfruto con lo que me haces, con ese maldito, extenuante, sufrido y maravilloso dolor.

Y luego te vas, esparces sal en los restos de una tierra yerma (ahora infecunda para siempre) y te vas, y que te jodan joder, que te jodan tanto porque en realidad te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio y a pesar de que sabes que te odio sabes que te quiero y te adoro, y que me causas adicción y que te odio, joder. Que te jodan porque te vas y aquí me quedo yo, solo y reducido a la nada más insignificante, más vacía, más patética, con un punto despreciable. Y soy yo quien se tiene que buscar la vida para recomponerse, y opto por el suicido literario, me ahogo en mil páginas de literatura con la esperanza de atragantarme con la respuesta, como si alguno de estos escritores que tanto escriben sobre el amor pudieran tener la solución. Como si tuvieran puta idea de cómo es el amor.

No digo que no conozcan el amor, claro que no (de hecho dudo que el que lo conozca sea yo), solo que me parece estúpido que les hayamos entregado a ellos el monopolio del amor, como si no fuera un sentimiento inefable que ni la más bella descripción jamás materializada ha conseguido concretar apenas de manera tangencial.

Y al final quedo yo, destruído por ti, desmontado, atomizado, hasta el punto de que ni la literatura me gusta ya. Y tú sigues ahí, acostada a mi lado, callada, como ausente, feliz por tenerme sin entender una mierda lo que me pasa. Y yo feliz porque no sepas lo que me pasa. Y al final todos felices. La paradoja del amor, felices en la desgracia.

 

La Cuadratura del Círculo

Durante años vivimos en un bucle
huyendo uno del otro,
pero sin saber quien era el otro y quien el uno.
Durante años, corrimos, como estúpidos
dando vueltas sobre el mismo círculo
hasta que un día nos cansamos de buscarnos
y, entonces, ocurrió que nos encontramos,
exhaustos, sin aliento, casi sin habla,
pero con mil palabras acumuladas en los labios.

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